La paradoja del mundo al revés

Un mundo donde la liebre es la que persigue al cazador, donde el criminal es absuelto, donde los santos son condenados al infierno, donde el norte se encuentra en el sur, y el sur en el norte. Ridículo, pensará agudamente cualquier lector, pero lo que aquí se acaba de exponer no son más que las consecuencias que Hegel sacó de la tan famosa Crítica de la razón pura de Kant. No fueron pocas las críticas que Hegel lanzó ferozmente contra su predecesor, pero esta es, sin duda, una de las más contundentes y extrañas que lanza Hegel en su Fenomenología del espíritu, la paradoja del mundo invertido.

Seguramente, uno de los temas que más interés me ha suscitado de la historia de la filosofía es la cuestión del conocimiento, sus fundamentos, sus fronteras y su realidad. A la pregunta kantiana ¿Qué podemos saber? siempre he respondido a favor del mismo autor que la formulaba, y me he definido en muchas ocasiones como un kantiano en las cuestiones epistemológicas y gnoseológicas. Esto fue siempre así, incluso cuando comencé a adentrarme en el estudio de aquellos tres famosos filósofos alemanes, cuyas propuestas -rebosantes de idealismo- nunca acabaron de convencerme sustancialmente

No fue entonces hasta que me tope de cara con Hegel y su Fenomenología del espíritu que comencé a sentir el resquebrajarse de toda la crítica kantiana. Si bien es verdad que Hegel es un autor con el que no se puede estar sistemáticamente de acuerdo con él, pues posee una filosofía parcialmente mística en muchos sentidos, con saltos que por muy dialécticos y lógicos que sean son, en cierto modo, dialécticos pero en el sentido más kantiano, es decir, absolutamente gratuitos; lo que no se le puede negar al alemán es el reconocimiento de poseer una mente extraordinariamente privilegiada y contundente, cuyas frases, pese a que siempre se le acuse de no decir nada, contienen una carga conceptual -un tanto ridícula en ocasiones- que le han llevado a ser uno de los filósofos más importantes de la historia.

Hegel es un filósofo que no deja indiferente a nadie, y Kant, por otro lado, uno de los más sensatos y humildes de la historia del pensamiento. Por ello, el objetivo de este ensayo consiste en contraponer la Crítica de la razón pura (en adelante Crp) de Kant, a las distintas contraargumentaciones que Hegel le lanza a lo largo de toda su obra, en concreto el análisis de la problemática dicotomía fenómeno-noúmeno y la reducción al absurdo que Hegel plantea.

Hegel y Kant son filósofos totalmente opuestos. Uno aborda el conocimiento desde la autorreflexión del mismo, cosa que no soportará Hegel por las contradicciones que este modo de operar trae consigo, y el otro aborda la filosofía desde un método fenomenológico, es decir, desde la primera certeza sensible que se nos aparece en la conciencia, hasta el saber absoluto que es alcanzado por medio de la dialéctica, la cual es tajantemente prohibida por Kant.

La filosofía crítica de Kant da como resultado una contundente afirmación: «En definitiva, todo pensar tiene que hacer referencia directa o indirectamente a intuiciones y, por consiguiente, a la sensibilidad.»1 Según esto, el conocimiento se forma como una síntesis entre intuiciones y conceptos (categorías) de forma que «Pensamientos sin contenidos son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas.»2 Hasta ahí todo bien. El conocimiento necesita tanto de la experiencia como del entendimiento para poder tener sentido. El problema como tal nace cuando Kant advierte que las propias intuiciones, en el momento en el que son vertidas en el ser humano, sufren una transformación. La realidad en sí es comparable al agua presente en el vacío, sin forma alguna, lo que se suele denominar como un caos de sensaciones, la cual, una vez es percibida por el hombre, se adapta a la forma del mismo, como si el agua se introdujera en un vaso con una forma concreta, de tal manera que es comprendida por el ser humano.

Así pues, el color rojo de los tomates no existe como tal, sólo es la forma en la que nuestro cerebro interpreta una frecuencia determinada de onda de luz. El propio sabor de las cosas no es más que una reacción determinada que nuestro cerebro produce ante distintas sustancias. Esto significa que, lo que nosotros decimos conocer, no es más que una construcción de nuestro cerebro, razón por la cual Kant es un pensador idealista, idealista trascendental.

Lo que nosotros vemos, este estuche, este papel o este bolígrafo, es una realidad independiente por sí misma, pero que adopta esta forma concreta que mi cerebro idea para poder comprenderla. He aquí la famosa distinción entre fenómeno (la realidad como representación, como la vemos) y el noúmeno, que es la propia realidad en sí, sin vertirse en nuestro aparato y que no está sujeta a las transformaciones que nuestro cerebro genera.

Es este planteamiento el que a mí siempre me ha parecido irrefutable, pues es sensato y crítico. No obstante, los coetáneos de Kant no se lo tomaron con este mismo optimismo, y vieron en esta frontera el nacimiento de una filosofía escéptica e incapaz de alcanzar la realidad. Porque, pensémoslo de nuevo, asumir esto es asumir que la realidad, lo verdadero, lo que realmente nos importa, no se puede conocer. Es decir, que la ciencia sólo comprende las cosas en tanto a cómo las vemos nosotros, pero la raíz de todo, lo verdadero de cada objeto, es, según la filosofía de Kant, imposible de alcanzar.

Así pues, la imagen de Kant fue mancillada por todos aquellos filósofos que veían en su pensamiento el nacimiento del más impotente de los escepticismos, y comenzó una carrera académica cuyo fin era cambiar el panorama. Se suele aludir a Fichte, Schelling y Hegel como los únicos alemanes que se opusieron al par kantiano, pero realmente los reaccionarios fueron muchos. Hamann, Herder, Jacobi o Leonhard Reinhold, son ejemplos de discípulos y amigos de Kant que se dedicaron a intentar reformular algunos de los planteamientos kantianos

Pero, sin duda alguna, el más feroz de todos fue el aristóteles de la modernidad, Hegel:

«Este supuesto conocimiento ha usurpado incluso el nombre de filosofía; y nada ha ayudado más a la vulgaridad del saber, al igual que a la del carácter; nada ha sido acogido por tal conocimiento con más placer que esta doctrina, donde se proclamaba que esa ignorancia, esa torpeza inśipida, era precisamente la filosofía por excelencia, el fin y el resultado de todo esfuerzo intelectual.»3 Estas palabras, que si bien no están dedicadas expresamente a Kant nos sirven para ver el absolutismo intelectual de Hegel, golpean como un martillo en la mente de todo aquel que las lee. Es este fervor de Hegel el que nos hace ver su rechazo total a los muros de la razón. No es de extrañar que uno de sus lemas más importantes sea aquél que versa que “todo lo real es racional, todo lo racional es real”. Nos encontramos ante un pensador enorme, cuya filosofía pretenderá desarrollar la totalidad del conocimiento.

La Fenomenología del espíritu es una obra que, como ya hemos dicho, se desarrolla desde la primera aparición hasta el devenir del espíritu absoluto. El primer bloque de la obra, (A) Conciencia, trata concretamente de la cuestión del conocimiento, por lo que será justamente el que nos interese en este ensayo. La conciencia, sin saberse a sí misma aún, sin ser autoconciencia –lo cual corresponde al segundo bloque (B)-, centra todos sus esfuerzos en la actividad de conocer. De este modo, y esto es lo que a muchos lectores nos ha causado confusión cuando te topas directamente con la obra del alemán, Hegel se propone analizar rigurosamente y con una exactitud incluso esquizofrénica, el desarrollo lógico de cada momento de la intuición.

No le corresponde a este ensayo analizar el primer bloque de la fenomenología, pues esto necesitaría otro formato ya que sería excesivamente extenso, por ello nos centraremos exclusivamente en el capítulo tercero, donde la conciencia llega a los mismos planteamientos kantianos y Hegel se encarga de triturarlos. Esta es una de las razones por las cuales la Fenomenología es un libro tan bello, se debe imaginar el avanzar de la conciencia como la propia marcha de la historia de la filosofía, Es así como Hegel hila y aborda temas tan antiguos como la contradicción entre lo uno y lo múltiple, tratada extensamente por los clásicos Platón y Aristóteles; la teoría del conocimiento de autores como Locke y, en el caso presente, la filosofía de Kant.

La conciencia ha llegado por medio de las distintas dialécticas a las mismas conclusiones que Kant. Hegel describe en este último capítulo lo que denomina “juego de fuerzas”, el cual es un concepto sumamente abstracto. La fuerza es la actividad que realiza la conciencia para atar la realidad percibida a su propio conocimiento, lo que Hegel acaba por comparar con un silogismo. Así pues, en el intuir se realiza esa misma unión. Aquello que une el extremo del entendimiento con el extremo del objeto no es más que el fenómeno kantiano. La fuerza es «este medio universal del subsistir los momentos como materias; o dicho de otro modo: se ha manifestado exteriormente.» De esta forma el entendimiento pertenece a la propia fuerza, pues «es propiamente el concepto que soporta los momentos diferentes en tanto que diferentes; pues en ella misma no deben serlo.»4

El juego de fuerzas, que acaba de determinar todo lo anterior, lleva a la conciencia a la evidente conclusión que llegó también Kant: «Esta verdadera esencia de las cosas se ha determinado ahora de tal manera que no es inmediatamente para la conciencia, sino que esta última tiene una relación inmediata con lo interior y, en cuanto entendimiento, mira a través de este término medio del juego de fuerzas hacia el verdadero trasfondo de las cosas»He aquí el aparecer de Kant en el desarrollo de la conciencia.

Esto lleva a la conciencia a postular la existencia de un mundo suprasensible, el mundo nouménico, la realidad en sí. Kant se queda aquí, y es tajante cuando afirma que es una realidad que no se puede conocer.Pero Hegel va más allá, y es aquí cuando nos acercamos a la paradoja del mundo invertido.La crítica es clara: Si seguimos a Kant y aceptamos que existe una realidad en sí que está fuera de nuestro entendimiento y que es capaz de tener leyes distintas a las percibidas por nosotros en el mundo fenoménico, se nos permite plantear, reduciendo al absurdo el planteamiento, que la realidad en sí fuese un mundo completamente al revés. «Este segundo mundo suprasensible es, de este modo, el mundo invertido» en el que «lo que en la ley del primero es dulce, en este invertido en-sí agrio» Pero, más grave aún, donde «el castigo, que según la ley del primer mundo oprobia y aniquila al ser humano, se transforme, en su mundo invertido, en el indulto que le conserva su ser, y le de honra»6

Asumir esto es, verdaderamente, grave para el saber filosófico. El propio Kant conocía a la perfección esta conclusión a la que llevaba su sistema, pues él mismo salva la libertad humana, la cual fenoménicamente no parecía tener fundamento alguno, debido a que en la realidad en sí podía el ser humano salvaguardarla al amparo de una ley suprasensible.

Un mundo en el que cuando uno nace realmente está muriendo y donde quien muere nace. Hegel asienta un golpe brutal a toda la Crp de Kant, y la reduce al absurdo por las consecuencias en las que deriva.

Cabe ahora preguntarnos, de forma minuciosa, si realmente Hegel está en lo correcto, es decir, si realmente este absurdo que proclama nos obliga a tener que rechazar la existencia de una realidad en sí. Puede que Hegel esté jugando sucio al realizar estas comparaciones, y que realmente no tenga el derecho a atribuir a la realidad en sí esta categoría de mundo invertido. ¿Tiene sentido que la realidad en sí pueda ser agria y el fenómeno dulce? No debería tenerlo, pues cuando hablamos de agrio o de dulce, de sabor en general, estamos hablando en función de una categoría exclusivamente humana o animal. Cabría imaginarse, según esto, que el ojo humano, por ejemplo, capta la realidad al revés, es decir que el arriba es abajo y viceversa; pero esto, de nuevo, no tendría ningún tipo de sentido, pues el propio arriba y abajo solo existe, siguiendo a Kant, dentro de nuestro propio cerebro. Entonces no podemos determinar que la paradoja del mundo invertido sea una posibilidad, pues el propio hecho de que la realidad en sí sea el contrario de una realidad fenoménica, implica, por consiguiente, que dicha realidad en sí ha de ser de su misma naturaleza (la fenoménica) y ser construida entonces por un sujeto, vertida, perdiendo así esa cualidad en sí. Para que mi mano izquierda sea realmente mi mano derecha, dicha realidad en sí, la de ser mano derecha, solo cobra sentido en tanto que refiere a una realidad fenoménica.

Podemos plantear este argumento desde una perspectiva geométrica. El conocimiento en Kant actúa, en el fondo, como una función matemática. Cada función posee una estructura que es la que la identifica. En el caso de la función f(x)=x, la función es extremadamente sencilla, pues devuelve como resultado el mismo argumento que se introduce. No obstante, si representamos dicha función, no obtenemos como resultado el eje x cartesiano, obtenemos una recta de pendiente m=1. Esto que se acaba de enunciar es sumamente importante, porque clarifica que, a pesar de que el resultado a nivel analítico en nuestra función f(x) sea el mismo que el argumento, a nivel geométrico se observa perfectamente que el resultado de la función es ubicado en el otro eje, pues pertenece a un grupo distinto de números. Esto es claro, pues una función que calcule la velocidad en función al espacio recorrido, no da como resultado una magnitud espacial, da como resultado una velocidad determinada.

Volviendo a Kant, el argumento de la función es comparable a las intuiciones, es decir, refieren a la realidad en sí que es introducida en una función (las categorías) se modifica de esta forma el valor introducido, y sale como resultado una realidad completamente distinta a la del argumento. El problema del planteamiento de Hegel es que, en su paradoja, la función que podríamos expresar como g(x)=-x, la cual, a un valor introducido da como resultado su opuesto, debería geométricamente dar para x=2, x=-2, lo cual no tendría ningún tipo de sentido por lo explicado, pues no sería una función como tal ya que no tendría ningún valor o representación. Esto no resta en absoluto coherencia al pensamiento de Hegel, pues la conclusión de esa perspectiva es que la realidad fenoménica es radicalmente la misma que la realidad en sí. Pero en lo que refiere a la filosofía de Kant, es absurdo plantear esta conclusión, pues el fenómeno y el noúmeno deben de ser radicalmente distintos.

Evidentemente, no existe motivo alguno para que pueda atribuirle a nuestro conocimiento la forma de función matemática, y lejos de mí el querer significar aquí tal cosa. No obstante, creo que el ejemplo clarifica el por qué en mi opinión la paradoja de Hegel no pone contra la pared realmente a Kant, puesto que un mundo invertido implica que la realidad en sí sea fenoménica, que es lo mismo que decir que A≠A, lo cual sí que es una verdadera reducción al absurdo.

Aún con esto, quedan muchas preguntas por resolver. La más significativa es la referente a la libertad. Parece que Kant le diese la razón a Hegel y su paradoja, pues permite que la libertad exista como una realidad en sí y que como realidad fenoménica no, esto es, el claro ejemplo del mundo invertido de Hegel. Pero la cuestión tiene realmente trampa, porque no es del todo cierto que sea así. Hegel tendría razón si Kant le hubiera atribuido a la causalidad un origen contrario, el de la libertad. Dicha tesis, la cual sería, siguiendo a Hegel, absurda a más no poder, no es la que defiende Kant. La ley de la causalidad es un esquema formal, es decir, pertenece al propio cerebro y es su forma de entender las realidad, haciendo que la libertad parezca un mero sueño de la razón. La libertad, por otra parte, se deduce de forma directa de la moral, pero no es bajo ningún respecto algo que se perciba. Decir que no se perciba es, a los ojos del símil anterior, que dicho valor o no existe en sí o no pertenece al dominio de la función. A esta categoría pertenecen las ideas trascendentales de Dios, el yo y el mundo, o, por poner un ejemplo más práctico, la radiación de infrarrojos, que sólo podemos conocerla de forma indirecta. Esta apariencia de oposición se elimina determinando que la causalidad se aplica a los fenómenos mecánicos, y la libertad a fenómenos espontáneos de la conciencia. De esta forma, Kant se salva de nuevo del ataque de Hegel.

Antes de acabar, seguramente se pregunte: ¿Si Hegel rechaza todo esto, qué opina acerca del conocimiento? Hasta ahora solo nos hemos parado a analizar su crítica, y he intentado humildemente exponer que, en mi opinión, no es aplicable en su totalidad al sistema kantiano. Hegel, por otra parte, continuará su Fenomenología del espíritu superando esta filosofía “escéptica”, y la conciencia avanzará al segundo bloque del libro, la autoconciencia, donde se abandonará la dicotomía fenómeno-noúmeno para tomar conciencia de que la realidad en sí es la realidad del sujeto, lo cual trataremos más adelante en otro ensayo. Este es un concepto clave de la filosofía hegeliana pues «Se trata, ni más ni menos, que de aprehender y expresar lo verdadero no [sólo] como sustancia, sino en la misma medida, como sujeto.»

Notas y bibliografía:

-Kant, Crítica de la razón pura: 1, 2

-Kant, Crítica de la razón práctica

-Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

-Hegel, Fenomenología del espíritu: 4, 5, 6, 7

-Hegel, Alocución a los alumnos con ocasión de la apertura de sus Cursos de Berlín, el 22 de octubre de 1818: 3

-Eusebi Colomer, El Idealismo: Fichte, Schelling y Hegel

-Curso de la Fenomenología del espíritu del profesor Darin McNabb

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