La escalera de Wittgenstein

Quedarían ustedes extrañados si escucharan hablar de un filósofo que justo cuando se disponía a acabar su obra determinó que lo más correcto y coherente era acabarla afirmando que todo lo que había escrito era un completo sin sentido. Y así fue. Este es el caso de uno de los más polémicos e influyentes filósofos del siglo XX, Wittgenstein, el cual decidió tirar la escalera por la que costosamente había subido, y asumir que todo lo que había escrito estaba completamente vacío. En el presente trabajo, repasaremos la obra del famoso autor del Tractatus logico-philosophicus (1921) -nombre en honor al Tractatus theologico-politicus de Spinoza- precursor de lo que más adelante Richard Rorty denominó Giro lingüístico de la filosofía.

A pesar de esta introducción, Wittgenstein es un filósofo que muchos consideran un impostor. Realmente, el Tractatus del vienés no viene a decir nada nuevo que sus propios maestros no hubieran materializado en sus obras, salvo las polémicas conclusiones que de estas ideas saca. Russell y Frege fueron las principales influencias filosóficas de nuestro personaje, y este es el motivo de que tuviera una filosofía basada en el estudio de la lógica y el lenguaje. Así pues, Wittgenstein es uno de los precursores más famosos de lo que se conoce como Filosofía Analítica, y fue en gran parte gracias a él que surgió el famosos Círculo de Viena y la corriente del Empirismo lógico.

Si bien la filosofía de Wittgenstein no suele resultar muy atractiva, si lo es en cambio su vida. Nacido el 26 de abril de 1889, en el seno de una familia de clase alta, los Wittgenstein, vivió en la Viena de principios del siglo XX. Una época en la que los palacios en los que se bailaba y escuchaba música clásica empezaban a oler a precariedad e industrialización. Las dos caras de la Viena de principios de siglo eran estas: A un lado, el lujo y prestigio de lo que un día fue el gran Imperio Austro-Húngaro; y al otro, la creciente revolución industrial y sus consecuencias, además de la enorme crispación que se fue gestando durante un siglo que acabó con 2 Guerras Mundiales.

Una época ciertamente mala, en la que Viena vivía una masiva ola de suicidios, entre los cuales estaba el de figuras muy importantes del momento como el joven Otto Weininger o el físico Ludwig Boltzmann. Pero el suicidio también acabó por golpear a los Wittgenstein, de tal manera que nuestro filósofo tuvo que vivir el suicidio de dos de sus hermanos, episodios traumáticos que fermentaron su extraño carácter y, en cierto modo, su existencialismo, el cual se ve reflejado en la falta de sentido que le veía a la vida.

Ingeniero aeronáutico, filósofo, asistente de guerra, jardinero, profesor o fisiólogo, Wittgenstein tocó el máximo número de palos en la vida. Evidentemente, se trata de una personalidad inteligente, pero que pasó gran parte de su vida frustrado. No soportaba lo que él llamaba “la maldición de tener talento a medias” y en cierto modo vivió una vida en búsqueda constante de algo en lo que lograr destacar.

Como ya hemos dicho, Wittgenstein es un heredero completo de la lógica de Russell y Frege, la cual es una filosofía muy centrada en la importancia del lenguaje. La razón estriba en que el lenguaje pretende tener la función de afirmar por medio de proposiciones diferentes hechos. Realmente estos autores lo que hacen es aplicar la lógica al lenguaje, por ser este el medio de toda expresión, razonamiento, o argumento que se pueda defender. Es así como acaban por reducir la comunicación a elementos primitivos que se combinan entre sí formando proposiciones. Esto no es más que la base de la sintaxis, en la que tenemos siempre un sujeto y un predicado, elementos que al combinarse forman oraciones. Estas oraciones, si prescindimos de los conectores y elementos que desde un punto de vista lógico son superfluos, acaban por representar un lenguaje simbólico de apariencia matemática que asienta las bases del famoso si p, no q, si no p, q.

Una parte de la lógica indispensable es lo que conocemos como el carácter de verdad y falsedad, es decir, si la proposición que se ha enunciado es verdadera o falsa. Si yo enuncio que “Sócrates era griego” en este caso, la relación entre sujeto y predicado forma una proposición verdadera, a diferencia de si se enuncia “Wittgenstein era francés” cuyo significado es falso. Por último, otra característica fundamental de las proposiciones, la cual es fundamental para la estabilidad de todo sistema lógico, es que a partir de las proposiciones se pueden inducir otras. Esta es la base de lo que desde Aristóteles se conoce como silogismo. El silogismo consiste en la unión de dos proposiciones con el fin de obtener una conclusión. Esto suele darse por medio de la combinación entre una premisa universal y otra particular de tal forma que:

Universal: Todos los hombres son mortales

Particular: Sócrates era un hombre

Conclusión: Sócrates era mortal

Hasta aquí, realmente no se ha dicho más que lo que Aristóteles ya expuso en su Lógica hace más de 2000 años, y realmente esta misma quedó intacta hasta la llegada de Kant, el cual ya advirtió que la lógica “no ha necesitado dar ni un sólo paso atrás desde Aristóteles” pero que “Lo curioso es que tampoco haya sido capaz, hasta hoy, de avanzar un sólo paso” No obstante, la lógica comienza a tomarse más en serio a partir de Leibniz, Kant y Hegel, y a tomar una importancia vital con los ya citados Frege, Russell, u otros como el sacerdote Franz Brentano.

Frege, por ejemplo, con gran influencia del campo en el que estaba especializado, la matemática, acabó por comparar estas proposiciones del lenguaje con funciones matemáticas, de tal manera que el carácter de verdad o falsedad de una proposición viene marcado por el sujeto que decide tomar partido en la función. De esta forma, la proposición “César tomó la Galia” es comparable a la ecuación x+3=5, donde, igual que en “César tomó la Galia” dicho predicado sólo admite como verdadero al sujeto “César”, nuestra ecuación sólo admite como resultado verdadero el 2. Esto no debe pensarse como una matematización del lenguaje, es, en rigor, una aplicación de la lógica. La apariencia de matematicidad en este lenguaje formal es porque la matemática, según estos autores, surge de la lógica, 6.2 “La matemática es un método lógico.” Por tanto, matemática y lenguaje tienen en esta instancia la misma base formal. Wittgenstein, en este sentido, no inventa nada cuando trata de estudiar la lógica del lenguaje, pues realmente fue labor de Frege su formalización.

Al igual que Wittgenstein heredó de Frege las bases de la lógica del lenguaje, de Russell, el cual también llegó a ser un gran amigo para él, heredó un sin fin de concepciones que serían determinantes para la obra del vienés. Una de ellas es la que enuncia la proposición número 2 del Tractatus: “Lo que acaece, el hecho, es la existencia de los hechos atómicos” idea que se puede resumir en que “Nuestros problemas pueden reducirse hasta las proposiciones atómicas”

El par de filósofos sostenían que en el lenguaje existían complejos simples de forma que, como dice en la proposición 2.0201: “Todo aserto sobre complejos puede descomponerse en un aserto sobre sus partes constitutivas y en ellas aquellas proposiciones que describen completamente al complejo” Es decir, que si tenemos un problema filosófico supuestamente enrevesado, basta con descomponer su realidad compleja en proposiciones simples, y una vez hecho eso, analizar el carácter de verdad o falsedad de cada una de ellas, de forma que así se puede determinar la solución de cada problema.

Es así como se puede ver de una mejor forma como la filosofía de Wittgenstein, que en este punto no es más que un rescate de la de Russell y Frege, pretende ser una herramienta. Su filosofía no es un dogma o una teoría, sino la llave que es capaz de desentramar cualquier problema por muy complejo que parezca. Visto así, pensará el lector, si supuestamente Wittgenstein dice ser capaz por medio de su método de resolver cualquier problema, ¿cómo es que siguen en pie un sin fin de problemas filosóficos? La respuesta a esta obligada pregunta es, como suele suceder en filosofía, altamente decepcionante, pero antes de llegar a ello debemos ver que entiende Wittgenstein por “sentido” de una proposición.

Wittgenstein comienza su Tractatus con una proposición fundamental: 1. “El mundo es todo lo que acaece” El mundo, para Wittgenstein, no son simplemente las cosas, sino los hechos, es decir, los estados de cosas. Russell sostenía que entre el lenguaje y el mundo, debía de existir un isomorfismo, es decir, que debía compartir una estructura formal, la lógica. El lenguaje, como más adelante profundiza Wittgenstein, supone una proyección del mundo, la cual equipara a una proyección geométrica. No obstante, mientras Russell buscaba descender desde el lenguaje hasta lo más oscuro de la metafísica, Wittgenstein ya con su primera proposición rechaza ávidamente esta posibilidad. Lenguaje y mundo son isomorfos, es decir, el lenguaje sólo puede expresar proposiciones que refieran a la estructura del mundo.

Así pues, nuestro filósofo enuncia que 4.001 “La totalidad de las proposiciones es el lenguaje” a la vez que nos dice 4.05 “La realidad es comparada con la proposición” El lenguaje proyecta de forma pictórica -así es como se llama su teoría- un hecho. El sentido de una proposición reside en su forma, de tal manera que yo puedo decir que “Sócrates era madrileño” porque tal proposición se engloba dentro de las reglas formales del mundo, a pesar de que, en este caso, sea una proposición falsa. Por tanto, sentido y falsedad/verdad son características cabalmente distintas. El sentido refiera a la posibilidad de enunciar una proposición, mientras que su carácter verificativo a su realidad o no realidad.

El lenguaje es un lienzo en el que, a la hora de enunciar proposiciones, se pinta de una forma u otra pero siempre dentro de los márgenes del mismo. El sentido de la proposición reside en si tal dibujo, tal proposición, se enmarca en el lienzo o no, sigue las normas del mundo o no; mientras que su falsedad o verdad, reside en si tal dibujo figura o no en la realidad. 4.2 “El sentido de la proposición es su acuerdo o desacuerdo con las posibilidades de existencia y no existencia del hecho atómico.” También carecen de sentido las contradicciones y las tautologías. Wittgenstein rechaza el signo aseverativo de Frege y Russell el cual indicaba que un elemento se afirmaba por sí mismo. Esto para el vienés es algo ridículo pues es comparable a decir que “Platón era Platón” proposición que carece totalmente de sentido. 4.4611 “Tautología y contradicción no son, sin embargo, sinsentidos”

Esto nos lleva a una conclusión definitiva: 4.0031: “[…] La mayor parte de las cuestiones de los filósofos proceden de que no conocemos la lógica de nuestro lenguaje. No hay que asombrarse de que los más profundos problemas no sean propiamente problemas” Toda proposición acerca de la existencia de Dios, o acerca de la ética, sobre el bien o sobre el mal, son proposiciones sin sentido, ya que no hacen referencia a nuestro mundo, no son un hecho, ni contienen la forma de los mismos, por tanto son proposiciones sin sentido, vacías, que no expresan ni podrán expresar nada, pseudoproposiciones. Es más, a continuación Wittgenstein llegará a afirmar que 6.4 “Todas las proposiciones tienen igual valor.” Queriendo significar que vale lo mismo decir, “Mate a un hombre” que “Ayudé a un hombre” cargándose de antemano toda posibilidad ética. He aquí la razón por la cual Wittgenstein se jactaba de haber resuelto todo problema filosófico. Para él, la filosofía es comprender el lenguaje, y una vez dice haberlo comprendido, delimita sus posibilidades. 4.112. “El objeto de la filosofía es la aclaración lógica del pensamiento”

Esta posición no es nueva. Realmente Wittgenstein no es más que el intento de un Kant (sin llegarle, en mi opinión, a la suela de los zapatos) moldeado a su época. Kant, sin centrarse en el lenguaje, también se dedicó a estudiar las condiciones de posibilidad de nuestro conocimiento, que si bien es verdad que el segundo Wittgenstein atestigua que su labor filosófica no era la epistemología sino que la parte más importante del Tractatus era la que no estaba escrita y la vaca volante a la que besó el cangrejo que iba a lomos de un asno y luego etc. etc.; lo que no se puede negar es que su obra contiene un componente epistemológico fundamental.

Wittgenstein establece también una diferencia crucial, a saber, la diferencia entre representar y mostrar. Lo representable es todo aquello que se puede decir, es decir, proposiciones que poseen la forma del mundo. Lo que se muestra, sin embargo, es todo aquello que no posee forma de hecho. Aquí entra, en definitiva, toda la lógica. Es decir, todo este texto que usted, querido tertuliano, está atentamente leyendo, las tablas de la verdad, los símbolos o conectores lógicos, o, más dramáticamente, el Tractatus del propio Wittgenstein, no son representables, porque no poseen, en absoluto, ningún tipo de isomorfismo con el mundo de los hechos (perdónenme esta tautología según lo dicho). 5.43 “Todas las proposiciones de la lógica dicen lo mismo. Es decir, nada.”

Llegamos así al final del Tractatus, wittgenstein enuncia su famosa proposición 5.6 la cual enuncia que “Los límites de mi lenguaje son los límites del mundo” frase que, como bien señala Ernesto Castro, ha sido motivo de canciones, propaganda y que muchos entusiastas han decidido tatuarse; pero que también era el motivo que sacaba de las casillas a un anciano Gustavo Bueno asqueado de rebosante idealismo solipsista, con su famoso «Hablar de mi mundo es una insolencia, es una cosa indigna, intolerable… “Mi mundo”, entonces vete a tomar vientos con tu mundo» . Esta frase imbuye su filosofía en un marcado solipsismo que la deja totalmente carente de sentido en mi opinión. Como señala Iñigo Ongay, ¿acaso cabe la posibilidad de hablar de mi lenguaje? Hablar de que el mundo es sólo mío, tira por tierra el sentido del lenguaje tal y como este es. Si el lenguaje tiene como función la representación, esto es, la comunicación, pero a la vez se afirma que el mundo es solamente mío, ¿dónde queda el lenguaje? Sería netamente innecesario.

El Tractatus acaba de una forma cuasidramática podríamos decir. La escalera de Wittgenstein, en honor a la cual se ha titulado este ensayo, entra en escena:

6.54 “Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe., pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido.) Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo.” Y acaba la obra sentenciando: 7. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

Wittgenstein no ha dejado de hablar de lógica, de filosofar, de explicar, no ha parado de enunciar proposiciones que no refieren a la forma del mundo, se ha dedicado a formalizar el lenguaje, pero de esa misma manera ha definido que tales proposiciones carecen de sentido. Wittgenstein ha subido toda una escalera para, cual Sísifo y su piedra, tirarla. La filosofía de Wittgenstein cancela su propia filosofía.

Si bien es verdad que el presente trabajo ha quedado un tanto extenso, no me puedo permitir el finalizarlo sin haber hecho antes un par de consideraciones acerca de la obra de este filósofo. Es verdad que Wittgenstein es coherente con su filosofía, pero la labor de todo lector, pese a muchas veces no tener el placer de conocer de manera profunda la materia, como es el caso, ha de consistir en ver si realmente lo que es coherente es su trabajo, es decir, ver hacia qué peldaño se encamina su escalera. El pensamiento del Tractatus es lo que se le atribuye al primer Wittgenstein, mientras que el segundo, autor de Investigaciones filosóficas (1953), se le analiza desde una perspectiva más mística. Sea como fuere, realmente existe una clara continuidad entre estas dos etapas del filósofo (si es que realmente existen etapas distintas). Wittgenstein siempre afirmó que, aunque su obra resolviese todos los problemas filosóficos, tal solución (la del no-problema) era totalmente desesperante. Por lo tanto, siempre evidenció que para él la filosofía no resolvía realmente nada, salvo el esclarecer que sus problemas no tienen sentido.

Por otro lado, el punto de partida de la filosofía de Wittgenstein seguramente sea ese supuesto isomorfismo entre mundo y lenguaje. Este isomorfismo se deduce de que el lenguaje posee una estructura lógica, al igual que el mundo. Wittgenstein restringe el sentido a lo sensible podríamos decir. Sólo tiene sentido decir si llueve, si alguien está haciendo algo, etc. Pero con esto, el autor le arrebata a toda teoría o a toda idea el carácter de logicidad. Puesto que si la lógica de una idea no tiene sentido, no puede ser propiamente lógica. Si yo digo 3+3=6 en forma de proposición del lenguaje, según WIttgenstein, no estoy diciendo nada, pues las verdades matemáticas según él no hacen tal cosa (p.6.2) son pseudoproposiciones y por tanto, no tienen sentido. Pero por la misma razón 3+4=6 tiene exactamente el mismo sentido que la ecuación anterior. Sin embargo, no hay que ser muy hábil con la aritmética para cerciorarse de que evidentemente, una expresa una verdad y la otra no. Que el sentido de una proposición resida en su sensibilidad formal es una idea que no me convence en absoluto, pues nos lleva a conclusiones tales como que decir que “un unicornio me ha llamado tonto” tiene sentido, a pesar de su falsedad, pero que 3+3=6 no nos dice nada.

Mi problema con Wittgenstein es que no puedo estar de acuerdo con su concepto de sentido. En mi opinión, una proposición tiene sentido si es lógicamente verdadera, mientras que carece de sentido si es lógicamente falsa. No obstante, esta definición nos arrojaría al mundo de Wittgenstein, ya que, ¿podemos conocer algo verdadero que no sea un hecho? Wittgenstein parte de que lo verdadero es el hecho, y por tanto sólo estos tienen sentido. En mi opinión, una teoría o un texto filosófico sí que puede tener sentido en tanto que establecen una relación de coherencia entre distintos hechos conceptos. La proposición “La filosofía delimita el lenguaje” Es para Wittgenstein un sin sentido pues no expresa ningún hecho. No obstante, yo opino que tal proposición sí puede guardar un sentido ya que busca establecer una lógica que entrelaza dos entidades, a saber, la filosofía y el lenguaje. Estos sujetos, si bien es verdad que no son hechos materiales, son, podríamos decir hechos formales, son conceptos, igual que lo es el infinito o la raíz de un número negativo. Las ideas existen, al igual que los hechos, y el lenguaje no se queda en el mundo sensible, el lenguaje abarca también el mundo de las ideas, por utilizar una terminología platónica. Este mundo de las ideas, que no es más que el conjunto de las ideas que residen en uno mismo, ha de guardar, si somos coherentes con el rebosante kantismo de Wittgenstein, lógica. Por tanto, sólo tendrán sentido las ideas o conceptos que sean lógicamente verdaderos. Esto implica que, en mi opinión, un texto filosófico sí que puede tener sentido, en tanto que este sea verdadero o coherente.

Por otro lado, si WIttgenstein admitiese este mundo de las ideas, acabaría por afirmar que toda proposición tiene sentido, ya que ya no hay necesidad de que se refiera a un hecho material. Y en tanto que se sentencia esto, el concepto de sentido, que Wittgenstein había delimitado como aquello que tiene una forma sensible, deja de tener, valga la redundancia, sentido, pues, según esto, todo tendría sentido. Por esto, Wittgenstein acabaría por definir el sentido de una proposición en tanto que esta es lógicamente verdadera o lógicamente falsa, como hemos descrito nosotros.

Sea como fuere, estas son sólo las pobres conclusiones de un entusiasta de la filosofía, las cuales carecen de base y tampoco deben de tomarse muy en serio. Simplemente son una serie de comentarios que no he podido evitar hacer a la hora de adentrarme en la obra del autor. La obra de Wittgenstein tiene el valor de sintetizar en un texto breve, de casi 20.000 palabras, las bases de lo que a día de hoy consideramos la lógica. El Tractatus es una de esas obras icónicas que contienen la sabiduría de una época, en las que siempre merece la pena adentrarse, y de la que nunca, pese a sus restricciones, cesaremos de hablar.

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